A los 34 años y después de más de dos décadas frente a cámaras, Lali Espósito decidió abrir una puerta que, hasta ahora, había mantenido cuidadosamente cerrada: la de su intimidad.

Ese giro hacia adentro no surgió de un día para el otro. Lali venía de un recorrido que parecía no tener pausa: discos, giras internacionales, sets de filmación, premios y alfombras rojas que la habían colocado en un lugar de visibilidad permanente. Así, su figura creció al acelerado ritmo de la industria del entretenimiento, con éxitos que la consolidaron como una de las artistas pop más influyentes de la región.
Lali Espósito se confesó en una charla en medio del punto más alto de su carrera. Foto: Fernando de la Orden.
Pero detrás de esa maquinaria hay una mujer que, como cuenta en este documental, necesitó frenar, mirar hacia atrás y decidir cómo quería seguir construyéndose a sí misma. Ese proceso -más emocional que laboral y más vital que artístico- es el que marcó su última etapa.
Su etapa actual:
En los últimos años, su figura pública se volvió más nítida, más opinada y, al mismo tiempo, más libre. Su presencia adquirió un tono de autenticidad que se refleja en todo lo que hace: en la forma en que responde, en cómo usa las redes, en la elección de sus proyectos y en la comodidad con la que se desenvuelve. Lali es hoy una artista que asume el riesgo de mostrar sus bordes tal y como son.
Y aun cuando vive en un nivel de exposición que a cualquier otra persona le resultaría abrumador, parece atravesar este presente desde un lugar luminoso. No sólo por los logros profesionales, sino por la madurez emocional que se percibe en su manera de hablar, de escuchar y de pensar cada palabra sin perder frescura. Hay en ella una serenidad nueva, una especie de equilibrio entre la intensidad que la caracteriza y una necesidad genuina de sostener espacios propios. Parece ser que llegó al punto exacto en el que vulnerabilidad y fortaleza pueden convivir sin competir.
Después de una jornada larguísima de más de ocho horas de trabajo, Lali se sienta con Clarín de un modo que sorprende para alguien con esa agenda: relajada, fresca, sin apuro, con un mate en la mano y una sonrisa. Habla de su presente con tranquilidad. Con la soltura de quien se siente parada en un lugar que le pertenece. Se muestra radiante, entusiasmada y dueña de una autenticidad que no negocia: sin peros, sin condiciones y con la misma naturalidad que la vuelve, desde hace años, una de las artistas más queridas de la Argentina.
-¿Por qué elegiste este momento de tu vida y tu carrera para hacer un documental?
-Fue muy natural. Mientras estábamos trabajando en las canciones de lo que terminó siendo el disco Lali, mi primo (Lautaro Espósito, con quien colaboro en varios proyectos) empezó a venir al estudio con su cámara. Con el tiempo, esa cámara empezó a ser una más en el proceso creativo. Ya no la agarraba solo mi primo. La agarraba Mauro de Tommaso, mi productor, y nos poníamos a boludear. Pero nunca pensamos que se iba a convertir en un proyecto real.
Después charlamos y nos dimos cuenta de que había algo en ese material, pero pensamos que era el proceso creativo del disco para YouTube y nada más. Nunca pensé en meterme en mi camino, mi intimidad y mi casa. Con todo lo que pasó con ese Luna Park que derivó en un Vélez, y todo lo que vino después a nivel personal y profesional, se sumó un sinfín de data. Ahí mi primo tuvo que decidir qué hacer con esta película, que hoy es mi documental. Yo solté completamente el control de todo.
-Parece que soltar el control te costó bastante, ¿o no?
-Totalmente. Soltar el control fue un trabajo de terapia absoluto. Me costó mucho. No solo por el control en sí mismo, sino por el vértigo que te da que te cuenten y que te narren, sin vos poder decidir qué contás de vos. Pero a la vez era un proceso que tenía que atravesar. Mucho más con el amor que sé que mi primo tiene conmigo y con este proyecto.
-¿Qué te pasó por el cuerpo cuando viste el resultado?
-Me mató en muchos aspectos. Lo que más me impactó no fue mi adultez, sino mi niñez. nunca había visto la mayoría de esas imágenes. Las tenía mi tía Gaby, que era quien tenía una cámara filmadora en ese momento. Amorosamente le dijo a mi primo que tenía todo guardado y lo iba a buscar. Y así aparecieron mis videos: en el casamiento de alguien, en mi comunión, en el cumpleaños de no sé quién, para armar esta película.
Fue impactante, sobre todo porque reconocí en esa niña algo mío que uno olvida rápidamente con la vida: que siempre fui toda activa, toda loca, toda para afuera. Bailo, canto y pido que me miren. Hay cosas que vi y pensé: “¡Ah, claro… acá hay dos años de terapia!”.
-Al principio del documental mencionás que no querés sacar música porque sí. ¿Cómo es tomar esa decisión en una industria en la que, como regla, hay que lanzar canciones todo el tiempo para mantenerse vigente?
-En un primer momento uno cree que la lucha es con lo mainstream o con la disquera. Pero después viene una segunda etapa, en la que te das cuenta de que la batalla es contra tu propio miedo a no ser escuchada. A que, por no sacar música, no estés entre los mejores artistas de un año y la gente se olvide de vos. Empezás a entrar en una neurosis que es más personal que de la industria. Tengo muchas más pelotas para enfrentarme al presidente de una compañía y a su exigencia natural que a mí misma y a mis propias exigencias naturales. De todas formas, me gustó enfrentarme a mí misma.
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